Historias en hospitales de Venezuela (breves realidades)
Anegdotas en hospitales venezolanos como internista, estudiante de medicina y como médico. Situaciones con pacientes de SIDA, meningitis, cancer, problemas cardiacos y hasta el asunto de las relaciones entre médicos y enfermeras.
Bueno… amigos, ¿qué les puedo decir?
Durante una experiencia de tantos años son muchas las anécdotas que puede pueden reunirse: algunas de ellas llenas de alegría, otras de asombro, muchas están llenas de tristeza, pero todas, definitivamente, están llenas de crecimiento y educación.
Recuerdo una vez estando de guardia y estudiando 5to año –era lo que en el argot estudiantil un “externo”-, llegó a la emergencia de mi siempre querido y recordado “Hospital Vargas” un paciente masculino y muy joven con SIDA. Él estaba en muy malas condiciones: era una época en la que no existía el tratamiento antirretroviral de alta eficacia y la expectativa de vida de los pacientes no era prometedora. Venía él con múltiples problemas entre los que destacaban meningitis por criptococos –un tipo de hongo-, neumonía, sarcoma de Kaposi, herpes genital y pare UD de contar…
El pobre hombre murió poco tiempo después en la misma emergencia. Fue un muerte dolorosa pero habitual para ese momento para este tipo de pacientes –hoy la historia es otra con el tratamiento alta eficacia gratuito y entregado en las instituciones públicas de salud-. De modo que para el personal médico y para mí, un “externo”, era algo común. Lo realmente impactante del caso fue cuando el hermano del paciente fue informado del fallecimiento de este… aquel hombre se acercó a su hermano y con ese tipo de llanto sosegado, silencioso, ese llanto del resignado, del agradecido por un desenlace final, acarició el cabello del difunto dándole la despedida… Fue insoportable para mí y para el residente del 3er año que me supervisaba y nos dimos la vuelta para irnos y llorar sin que nadie nos viera.
En otra ocasión recuerdo que siendo estudiante de 6to año, lo que en términos de la universidad nos designaba como “internos”, tenía a una paciente anciana hospitalizada en las salas de medicina interna con una enfermedad terminal: algún tipo de cáncer que por el tiempo no recuerdo pero que en todo caso, resulta innecesario recordar…
Ella estaba muriendo y pidió como último deseo que le llevaran de comer un arroz con guacuco… era ese su deseo. Los familiares deseosos de hacerla sentir bien nos preguntaron y nuestro jefe especialista lo autorizó.
Al día siguiente llegaron los hijos de aquella paciente con la delicia en cuestión y se la sirvieron para que comiera… cuál no sería mi sorpresa: la paciente se rehusó a comer si no me servían a mí también… por supuesto que comí con ella… esa fue una de sus últimas comidas.
Recuerdo una ocasión en la siendo residente del 2do año del postgrado de medicina interna, me llegó a la guardia una noche un hombre de mediana edad con un electrocardiograma en la mano diciéndome que había tenido un fuerte dolor en el pecho el día anterior y que los bomberos le habían hecho ese electrocardiograma. Le habían dicho que parecía tener un infarto pero que no tenían ambulancia para trasladarlo a algún hospital.
Aquel hombre decidió ir a dormir a su casa y esperar para ir a la emergencia de mi hospital de “Los Magallanes” al día siguiente. Al recibirlo con esa historia y observando que el compromiso del electro mostraba una obstrucción de la arteria coronaria “descendente anterior” decidí ingresarlo.
No había cupo en terapia intensiva ni tampoco en la unidad de “trauma shock” de la sala de urgencias… ni camas en la propia emergencia… ni cupos en otros hospitales a los cuales “radiamos”, de modo que luego de hacer las indicaciones y anotaciones correspondientes en la “historia” del paciente, lo ingresamos a hospitalización con interconsultas a medicina crítica (terapia intensiva) y cardiología y con evaluaciones estrictas por el personal médico y de enfermería. Se le dieron las indicaciones generales en cuanto a reposo y demás “condiciones” de hospitalización…
Pues bien, cuando tocó pasar la “revista médica” al día siguiente casi me dio un infarto a mí: al abrir la habitación del paciente, lo encontramos luchando con aquella vieja y oxidada mesita de noche –era metálica- intentando abrir una gaveta que por oxidada no abría, para sacar un cepillo para no estar “despeinado” durante la revisión médica. La expresión de mi rostro debió ser un poema dado que de inmediato la jefe del servicio, la siempre recordada y muy temida por lo estricta, Dra. Eva, me preguntó acerca del diagnóstico de aquel paciente. “IM no Q de la descendente anterior”… Ella dijo entonces al paciente que por favor se acostara y guardara reposo y que lamentaba que su médico –yo- no le hubiese explicado la necesidad que él tenía de mantenerse en su cama. Luego se volteó y me indicó que saliéramos de la habitación para ver “las placas” –radiografías- del paciente. Este término en el argot de aquel servicio de medicina significaba que debía aguantar el regaño por aquel desliz.
Anyway… algunos meses después volví a ver a aquel paciente quien se había recuperado de aquel problema y se encontraba en control por cardiología. Estaba de nuevo en la emergencia pero esta vez acompañando a un familiar que se encontraba según recuerdo, siendo visto por el traumatólogo. Lo saludé y comenté, medio en broma-medio en serio, que aquel paciente casi me había costado la expulsión de mi residencia y él me escuchó. Al día siguiente apareció en la sala donde yo trabajaba con una botella de whisky de 12 años y me regaló disculpándose por lo que me hizo pasar…
Recuerdo el primer parto que vi: era una mujer joven como la mayoría de las que “dan a luz” en la maternidad “Concepción Palacios”. Su bebé fue recibido por una “interno” y nació con depresión respiratoria. La interno gritó que el niño venía en aquella condición y llamaron al neonatólogo… fue un gran estrés y para mi, un simple estudiante en su “primera vez”, fue realmente espantoso. Creí que aquel niño moriría. Las enfermeras veteranas –dícese de aquellas profesionales que de tanto ver y por tantos años- tomó a aquel bebé y lo llevó a la mesa de resucitación: lo calentó y le puso oxígeno y aquel niño respiró y agarró un color rosado espléndido, indicación de una adecuada oxigenación. Para el momento en el que el neonatólogo llegó, el recién nacido respirada tranquilamente en los brazos de la agradecida y agotada madre.
En cuanto a las historias de muertos y aparecidos son muchas las que se cuentan. Suele decirse que una fantasmagórica enfermera que con uniforme blanco y capa azul, se pasea por los penumbrosos pasillos de la maternidad en las noches solitarias de las frías madrugadas Caraqueñas.
En la sala 6 del hospital “Vargas”, murió una vez una joven mujer de a penas 20 años. Ella tenía una enfermedad autoinmune llamada LES (lupus eritematoso sistémico). En el caso especial de ella, hubo un compromiso renal grave rápidamente progresivo. Hizo insuficiencia renal crónica terminal de manera rápida y dejó de orinar. Luego de ser una persona encantadora, la paciente se volvió una persona agresiva que gritaba insultos y con ojos desorbitados exigía que le diesen agua –tenía restricción hídrica porque no orinaba y si tomaba más agua de la permitida moriría-. Una tarde aquella pobre mujer murió. Esa noche apareció vacío el termo de agua de la interno de guardia… llena de espanto no pudo permanecer en la “residencia nocturna” por temor a que el fantasma de la paciente volviera a pedir más agua. A la noche siguiente tuve guardia yo. Esa noche, antes de salir de la residencia, le dije a la paciente en voz alta: “Si quieres tomar agua, hazlo. Sólo no me lo pidas. Simplemente tómala…”. El fantasma de la paciente no apareció ni se tomó mi agua… pero porsia.
El último cuento de aparecidos ocurrió en La Victoria, edo. Aragua. Allí fuimos un grupo de “internos” a realizar nuestra pasantía de Salud Pública VI –ruralito-. En la residencia estudiantil en la que vivimos por casi 3 meses, habían cuentos de aparecidos. El grupo con el que compartí era muy agradable y solíamos, en las noches, hacer largas “sobremesas”… tertulias que se prolongaban por horas. Una noche, Fernando De Freitas y yo, nos acostamos de último. Todos dormían ya. Luego de ir al baño me acosté en la habitación común masculina y cerré los ojos. Minutos después sentí un repentino pánico y al abrir los ojos noté que Fernando estaba parado a los pies de mi cama con ojos desorbitados.
“¿Qué coño te pasa?” Pregunté.
“¡Vergación!” Respondió él. “Al mirarme en el espejo para cepillar mis dientes, vi a otra persona reflejada en el espejo. No era mía la imagen reflejada”
Sentí entonces como se erizaban los pelos mi nuca al tiempo que una cacofonía de cantos de gallo, cacareo de gallinas y ladridos de perros llenaba el aire con un sonido espeluznante… Empecé a suplicar a Dios que todo acabara hasta que me dormí. Al día siguiente, nadie excepto Fernando y yo, había sentido ni escuchado nada… esa experiencia fue sólo otra más que se sumaría a los cuentos de aparecidos de la residencia estudiantil de La Victoria.
En cuanto a el cuento de que las enfermeras son de Venus y los Médicos son de Marte… pues lo cierto es que muchas enfermeras sueñan con tener algo con un médico –amor o simplemente sexo- y muchos médicos sueñan con hacerlo con una mujer vestida de enfermera… ya sea que sean enfermeras reales o no –aunque si son reales, pues mejor-.
Pero en cuanto a esto prefiero no contar más…
Bueno… amigos, ¿qué les puedo decir?
Durante una experiencia de tantos años son muchas las anécdotas que puede pueden reunirse: algunas de ellas llenas de alegría, otras de asombro, muchas están llenas de tristeza, pero todas, definitivamente, están llenas de crecimiento y educación.
De nuevo, esta es otra reflexión por el Dr. Jairo Ruiz (ver el post sobre las Mujeres venezolanas y su Blog), pero les debemos las imagenes adjuntas por el momento.
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10 Comentarios
Realmente no puedo escribir acerca de las historias con las enfermeras... eso es tema de otro tipo de blogg..! Pero de seguro, eso que imaginas es justamente lo que sucedió.
Estoy seguro que en no todos los trabajos la "acción" debe ser tan contundente. Quizá tenga que ver con el número de personas que trabajan en una oficina o con la posibilidad de tener más privacidad. Los hospitales son totalmente diferente.
Curiosidad abunda en todo y por ser curiosos es que se han abierto tantas puertas y resuelto tantos misterios.
Pensé que Kamelu aplicaba a un hombre, pero todos pudemos usar el nickname que nos guste, no es cierto?
Sueña con las historias, piénsalas el la consulta que vayas y luego me avisas
jajajajaja.
No sabía que los médicos eran "perritos".
Imagino que algunos pueden dar mala fama... pero es así.
Se escucha lindo el kamelo realmente.
Escríbeme cuando quieras en mi propio blog http://jairoruiz1972.spaces.live.com/blog/
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